Año 1. Nº 5. Mayo de 1997



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ARANTZAZU Y LA SIERRA DE AITZGORRI, DOS REALIDADES DE LA CULTURA VASCA
Una nueva generación de creadores proclama con piedra, hierro y pintura que existen otros mundos para la expresión de ideas y sentimientos

Uno de los parajes más bellos de toda la Comunidad Autónoma Vasca


La visita al Santuario de Arantzazu y la Sierra de Aitzgorri representa una oportunidad única para conocer de primera mano dos realidades de la cultura vasca en el territorio histórico de Gipuzkoa.

Por un lado, lo que podríamos denominar el acta fundacional del nuevo arte vasco, diseñada, pintada y esculpida por grandes arquitectos y artistas; y de otro lado, gozamos del contacto con los elementos esenciales de la ancestral cultura pastoril en un marco incomparable, en la Sierra de Aitzgorri y las extensas campas de Urbía.

Para acceder hasta el Santuario de Arantzazu hay que llegar primero a Oñati, distante 65 kilómetros de Bilbao, 74 de Donostia-San Sebastián y 64 de Vitoria-Gasteiz.

En esta villa, de extraordinario valor artístico y monumental, destaca sobremanera la Universidad, fundada en 1.548, y construida en estilo renacentista o plateresco. Es una de las mejores muestras de arquitectura civil de la época en todo el Estado.

En las calles y plazas de esta ciudad, que aparece en la historia documentada en el año 1.149, se alternan numerosas torres, casas señoriales y una hermosa iglesia, que nos harán detenernos un buen rato antes de proseguir la excursión.

A nueve kilómetros de Oñati se encuentra el Santuario de Arantzazu, dedicado a la patrona de Gipuzkoa. Pero estos excepcionales edificios van más allá de sus propias implicaciones como residencia de franciscanos y lugar de culto religioso.

BASILICA DE ARANTZAZU

El inicio de las obras en 1950, para levantar un nuevo templo capaz de albergar a los fieles que acudían masivamente a venerar a la Virgen de Arantzazu, no supone el paso de página en la historia artística vasca. Se trata más de un cambio de libro, donde una nueva generación de creadores proclama con piedra, hierro y pintura que existen otros mundos para la expresión de ideas y sentimientos.


Friso de los apóstoles de la Basílica de Arantzazu, una de las obras más destacadas.

Tras cuatro años de polémicas e incidentes entre los artistas, defensores de una concepción vanguardista, y una mayoría de los franciscanos, reacios a aceptar esta revolucionaria revisión del arte sagrado, se procede a inaugurar la Basílica sin que ocuparan su puesto las esculturas ni las pinturas previstas.

El tiempo pondría las cosas en su sitio y, tras diferentes avatares, se fue completando a lo largo de los años este proyecto verdaderamente premonitorio del auge del arte vasco. Posiblemente el reconocimiento internacional de Oteiza en 1957, con el Gran Premio de Escultura en la IV Bienal de Sao Paulo, y de Chillida en 1958, con el de la Bienal de Venecia, allanaron el camino para la última solución al conflicto.

El edificio que hoy admiramos es obra de los arquitectos Sáinz de Oiza y Laorga, mientras que las célebres esculturas de la portada donde se ve el friso de los catorce apóstoles, incluidos Judas y Matías, y la Virgen de la Piedad pertenecen a Oteiza. Las puertas de acceso fueron creadas por Chillida. Basterrechea, pintor en esa época y ahora escultor, es otro de los protagonistas de esta innovadora aportación con los paneles de la cripta.

Es de destacar, finalmente, el trabajo del madrileño Lucio Muñoz en el ábside interior y las vidrieras del franciscano Fray Javier María de Eulate.

URBIA Y AITZGORRI


Dolmen de Pagobakoitza en primer plano. Al fondo, la Sierra de Aitzgorri.

Pero Arantzazu no es sólo un centro mariano para todos los vascos; es asimismo punto de partida privilegiado para adentrarse en uno de los parajes más bellos de toda la Comunidad Autónoma Vasca. Se trata de la Sierra de Aitzgorri y las campas de Urbía, englobados hoy en el Parque Natural de Aitzgorri-Aloña-Leniz.

Desde la parte posterior del Santuario, un camino ascendente nos lleva en no más de hora y media hasta las campas de Urbía, lugar donde el pastoreo y los restos megalíticos conviven desde tiempos prehistóricos.

Nada más pisar el collado, nos introducimos por un camino de árboles que nos llevan hasta la fonda, cerrada en la actualidad. Desde ahí se puede iniciar la ascensión a la sierra de Aitzgorri, la más alta de la Comunidad Autónoma Vasca, que culmina en los 1.544 metros de la peña Aketegi.

Al poco rato, y por camino amplio, accedemos hasta el poblado de pastores de Arbelar. Desde aquí, y ahora sí por una fuerte pendiente, nos enfrentamos al tramo más duro de toda la excursión, que nos acerca, tras un trecho más llevadero, hasta el Aitzgorri propiamente dicho, que tiene 1.528 metros.


Vista de la cima de Aitzgorri.

Junto a la cima se encuentra la ermita de Santo Cristo y un refugio abierto que permite guarecerse en días de lluvia y frío.

Desde este punto se pueden ver, en días despejados, las cumbres más importantes de todo el País Vasco.

Al retornar a las praderas de Urbía podemos conocer algunos restos que hablan de la temprana presencia del hombre en estos parajes. El dolmen de Pagobakoitza y el menhir de Zorrotzarri son dos muestras de los monumentos megalíticos en la zona.

A partir del mes de mayo, los pastores suben desde los valles las ovejas para pasar los meses más benignos en estos pastos montanos. Es en esta época cuando mejor podremos advertir el modo de vida singular que generó esta actividad, así como su específico universo cultural, presente todavía hoy, aunque de un modo más marginal.

Ya bastante alejado de este itinerario, aunque de notable interés, se encuentra la calzada y el famoso túnel de San Adrián. Este paso horadado en la roca facilitaba el comercio de Castilla con Francia, Alemania y los Países Bajos, atravesando el País Vasco.

Aunque para algunos esta ruta ya existía en la época del Imperio Romano, es más probable que la calzada se construyera en la Edad Media. Al parecer, ya en el siglo XI existía una ermita dedicada a San Adrián en el interior de la cavidad.

Hoy encontramos en el lugar, además de la calzada perfectamente trazada, una ermita, restos de murallas y una puerta de acceso.

ALBERTO CASTRO


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