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ROBERT MITCHUM: "NUNCA HABIA ENCONTRADO UNA COCINA COMO LA VASCA" "¿Actor? Sí. Pero tenga en cuenta que una de las mayores estrellas ha sido Rin-Tin-Tín, un perro" "El alcohol y yo somos buenos amigos, aunque alguna vez me ha jugado malas pasadas" Ser estrella del cine mundial y no tomárselo en serio ha sido siempre una de las características de Robert Mitchum. Lo conocí personalmente cuando acababa de cumplir 76 años. Es decir, en el declive de una vida aventurera, como los personajes que interpretó en la pantalla. Fue en el transcurso del XLI Festival Internacional de Cine de San Sebastián, al que acudió para recoger el Premio Donostia, que la capital guipuzcoana otorga cada año a una figura destacada del cine por el conjunto de su carrera.
Robert Mitchum y su señora, en el restaurante del Hotel María Cristina, de Donostia-San Sebastián.1993. Robert Mitchum iba siempre acompañado por su esposa, una mujer de clase que lo llevaba a todos los lados del brazo. Y es que "El aventurero de Kenya" o el maestro de "La hija de Ryan" no estaba ya para muchos trotes. Con todo, Mitchum se comportó de forma excelente con todo el mundo en el tiempo que estuvo en Euskadi. -Seis pies de altura, 184 libras de peso, 40 ó 50 películas, cuatro o cinco obras teatrales. Disoluto, brutal, un inútil y un indigno de confianza. Ese soy yo. -Señor Mitchum, no eche por tierra esa imagen de hombre duro que va en pos del bien que tenemos los que tantas veces le hemos visto en el cine. -¿Qué quiere que le diga? Tal vez ustedes me han sobrevalorado. Yo no creo haber hecho nada sobresaliente en la historia. ¿Actor de cine? Sí, pero tenga en cuenta que una de las mayores estrellas de todos los tiempos ha sido Rin-Tin-Tín, un perro. Sigo en la creencia de que este hombre de rostro duro, castigado por la droga y que ahora se conserva como está -"en alcohol puro" dijo alguna lengua viperina a mi alrededor con evidente "mala uva"-, juega a restar méritos a una carrera que, a estas alturas, está fuera de cualquier duda. -Mire usted -me dice como justificándose-, en esta vida no todos han sido triunfos. Yo también he tenido decepciones. En una ocasión fui contratado para protagonizar la película "Rosebud" y su director, Otto Preminger, me despidió del rodaje, según él por estar borracho. Marché a casa de muy mal humor, porque nunca me había pasado eso en mi larga carrera. Al de poco tiempo, me llamó un amigo para decirme que me sustituía Peter O'Toole. Mi enfado se convirtió en carcajada, porque aquello era como sustituir a Ray Charles por Hellen Keller.
Escena de "El poker de la muerte" (Henry Hathaway. 1968). -Recuerdo con particular complacencia sus trabajos en las películas bélicas "30 segundos sobre Tokio", "También somos seres humanos" y "Corea hora cero", porque fueron mis primeros contactos con usted a través del cine. -Le quedo muy reconocido. Posiblemente no sean mis mejores trabajos, pero me sirvieron para dar el perfil de duro. Hay otros que prefieren otras películas... -...Las hay mejores, desde luego: el "gángster" de "El bosque petrificado", el médico de "No serás un extraño", el detective de "Retorno al pasado"... -...Tres títulos emblemáticos, desde luego. Le debo mucho a éste último, porque vino a sacarme de un bache bastante profundo. Mi "estrella" (¿la llama usted así?) empezó a brillar a partir de ese instante. El resto es de sobra conocido. -Hablando de baches, usted los ha tenido muy frecuentes. Recuerdo uno de los más importantes, precisamente a raíz del rodaje de "Retorno al pasado", motivado por el consumo de drogas. -Es una etapa de mi vida que siempre he despreciado, a pesar de que fue cuando el éxito me empezó a sonreír. Mire, yo estaba harto de ser el eterno segundón y quería pasar a primera fila; pero contra eso siempre ha estado mi carácter anárquico por naturaleza. Daba muy bien la imagen del tipo al que le había caído muy mal la victoria conseguida por los americanos en la guerra, pero yo pretendía ser el aventurero oficial, el poeta de lo inestable e imprevisible. Era una especie de saltimbanqui que interpretaba papeles por el compromiso de que de algo hay que comer. No quería la especialización y el encadenamiento. Creo que ésta fue la razón por la que un día, para destruir cualquier propósito de dignificarme, me dediqué por curiosidad a la droga. Me detuvieron. Luego comprobaron que lo mío no era adicción, sino experimento y algo de zorra fascinación. Me dejaron libre después de haberme tenido seis días en trabajos forzados de una granja. Años después, le ordené a mi abogado que dejara las cosas como estaban y no revolviera más, porque me importaba un bledo sentirme vigilado por la policía. En el fondo, era un estímulo más a mi anarquía visceral. "EL ALCOHOL Y YO, BUENOS AMIGOS" -Y más tarde le dio por beber. -Bueno, el alcohol y yo somos buenos amigos, aunque alguna vez me ha jugado malas pasadas. -Como cuando estuvo sometido a una cura etílica en la clínica Betty Ford, en la primavera de 1984... -...Allí trataron de rebajar mi dependencia al alcohol, sí, pero por ello no había dejado de trabajar. ¿Sabe de quién guardo uno de los mejores recuerdos? De Charles Laughton. ¡Qué viejo! Fue el más genial director que he tenido en mi carrera. Nunca le agradeceré lo suficiente el haberme dado el papel de malo-malísimo de "La noche del cazador". -Me sorprende este recuerdo hacia Laughton en la única película que dirigió, porque usted tiene fama de hablar mal de sus compañeros y no digamos de los realizadores... -Cuando se ha trabajado con tantos como lo he hecho yo, se han visto muchas cosas. Yno suelo ser de los que se muerden la lengua a la hora de opinar. Yo soy como un oso que va de feria en feria. Soy un perezoso nato y dormilón empedernido. A mí me gustaría hacer lo de Claude Rains, por ejemplo: llegar al estudio para hacer un trabajo de corta duración, que te paguen tres días más tarde y a casa a descansar.
Con Ava Gardner, en "Odio y orgullo" (Robert Stevenson, 1951). -Pero eso va en contra de su propia carrera, porque precisamente lo que no ha hecho ha sido descansar. Le han surgido los contratos uno detrás de otro y esto, me parece a mí al menos, debería haberle llenado de orgullo. Ha cortejado a las estrellas más rutilantes de Hollywood: Marilyn Monroe en "Río sin retorno", Eleanor Parker en "Con él llegó el escándalo", Jane Greer en "Retorno al pasado", Ava Gardner en "Odio y orgullo", Jane Rusell en "Las fronteras del crimen", Susan Hayward en "La hechicera blanca", Angie Dickinson en "Con sus mismas armas", Rita Hayworth en "Fuego escondido", Deborah Kerr en "Tres vidas errantes" y "Sólo Dios lo sabe", Shirley MacLaine en "Ella y sus maridos", Mia Farrow en "Ceremonia secreta", Charlotte Rampling en "Adiós, muñeca"... Vamos, que la lista no puede ser más atractiva. -Pues me quedo con mi mujer.
Cartel español de "Con él llegó el escándalo". 1960. Ella asiste a la conversación mientras ambos esperan que les sea servida la cena. Han pedido pescado. -Al mediodía hemos probado pescado del Cantábrico y nos ha sorprendido muy agradablemente. No somos de comer mucho, pero nunca habíamos encontrado una cocina como la vasca. Estamos acostumbrados a comer más deprisa, sin el ritual que existe aquí y sin el culto a la cocina que hay aquí, en San Sebastián. -No tienen fama los norteamericanos de cuidar precisamente el estómago. Tal vez sea una excepción en quienes se dedican al cine. -No lo crea. Yo he trabajado junto a unas y otras y rara vez las he visto privarse de comida. -¿Qué diferencia encuentra entre Marilyn Monroe y Sarah Miles, por ejemplo? -Una era más delgada que la otra. -John Huston dijo que usted era el mejor actor... -...Es que a John se le engañaba fácilmente... -Lo digo porque usted no es un actor de método. No pasó por el Actor's Studio y triunfó. -Siempre he creído que al Actor's entra todo el mundo y lo único que te enseñan es a ser alto. -¿"El cabo del terror" suele ver mucho cine? -No lo crea. El último año sólo vi cuatro películas. Y ya que ha citado ésa, le diré que aún no he visto la versión de Scorsese. -¿Ni para verse a sí mismo? -¿Para qué? Si sé lo que hice: en esa película trabajé sólo un día y me pagaron un cuarto de millón de dólares. ¿No le parece que está bien pagado? -Créame, señor Mitchum, hay días que no me los gano. Y el camarero empezó a servir la lubina al horno. Un manjar, claro. ALBERTO LOPEZ ECHEVARRIETA |
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