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GERNIKA, KORTEZUBI Y EL BOSQUE PINTADO DE IBARROLA, UNA RUTA QUE SE RENUEVA La desembocadura de la ría de Gernika crea una zona de marismas de gran belleza y valor ecológico, declarada por la UNESCO Reserva de la Biosfera La luz dorada de final de otoño invita a un paseo sosegado, sin estridencias ni excesivos riesgos, ya que la climatología traidora de diciembre puede darnos sorpresas. Por ello, abandonamos las rutas de montaña y, al abrigo de posibles chaparrones e incluso nevadas, optamos por un paseo de arte y naturaleza desde Gernika hasta el ya famoso bosque "encantado" de Oma.
Casa de Juntas de Gernika. Foto: Jorge Sobrado. El recorrido lo podríamos iniciar en la villa foral de Gernika, símbolo y compendio monumental de las tradiciones y libertades históricas del pueblo vasco. Fundada por don Tello, conde de Bizkaia, en 1366, la villa ofrece a los visitantes, además de la obligada visita a la Casa de Juntas, con el árbol y su museo, otros varios monumentos de interés como la vecina iglesia de Santa María. Esta bella muestra del estilo gótico tardío fue una de las pocas construcciones que se salvaron del bombardeo fascista, en abril de 1937. Gernika puede ser, además, en este recorrido, el punto de parada
y fonda donde reponer fuerzas: categoría gastronómica no
le falta a la zona y establecimientos donde demostrarla, tampoco.
Desembocadura de la ría de Gernika, en Urdaibai. Foto: Javier Bustamante. La desembocadura de la ría de Gernika (más justamente llamada ría de Mundaka, ya que las mareas apenas se aprecian en Gernika y sí comienzan a ser notables a partir de Kanala-Busturia), crea una zona de marismas de gran belleza y valor ecológico: la reserva de Urdaibai, declarada por la UNESCO, en 1984, Reserva de la Biosfera. En ella se desarrollan fauna y flora de gran interés, dignas de ser protegidas. Y en toda la franja de sus orillas, un entorno de encinas, pinares, brezo, juncales, siemprevivas y otras variedades menos conocidas albergan una fauna de aves, vertebrados y pequeños mamíferos. De entre las aves estacionales, que en las marismas se alojan, destaca la garza real. En la margen derecha, si tomamos como referencia Gernika y marchamos en dirección hacia Lekeitio, se encuentra Kortezubi, a muy pocos kilómetros de la villa foral. Al encanto propio de esta pequeña población y de sus magníficos caseríos, debemos añadir la cercanía de otro de los hitos básicos de esta ruta, las cuevas de Santimamiñe, santuario profundo del arte rupestre. Fueron descubiertas en 1916 y hasta 1925 no se hicieron públicos los importantísimos hallazgos arqueológicos que contenían. Casi cincuenta figuras pintadas sobre las paredes de las galerías dan testimonio de los primitivos habitantes de estas tierras en el periodo magdaleniense (15.000 a 11.000 años antes de J.C.). Sin embargo, no debe hacerse el viajero muchas ilusiones de ver in situ estos ancestrales dibujos de bisontes, caballos, ciervos, osos... Hoy, la afluencia enorme de visitantes ha puesto en peligro la pervivencia de este importante y antiquísimo conjunto y, para poder preservar las pinturas para la posteridad, las autoridades han decidido suspender temporalmente toda visita. Queda siempre el recurso de llevarnos estos dibujos, reproducidos en postales o libros. El propio entorno de las cuevas es una muestra de paisaje natural de gran belleza. Pero la ruta no se detiene en Santimamiñe, con ser punto importante de la misma. EL BOSQUE DE
OMA, HOY HECHIZADO POR IBARROLA
El "bosque encantado" de Ibarrola. Foto: Alberto Castro. Muy cerca de la entrada de las cuevas, en el pequeño valle de Oma, existe un pinar que cierto día recibió el toque brujo de un pintor de la tierra, Agustín Ibarrola. Las cortezas de estos pinos pasaron a ser soporte de su personal y colorista visión del cosmos. Sus postulados estéticos y personales del arte están allí reflejados. El propio artista, para situar al visitante en este mágico entorno, ha dispuesto unos puntos de observación, desde los cuales debe ser contemplada la obra. Aunque hay libertad completa para pulular por el espacio e investigar nuevos e insospechados ángulos de visión, conviene verlo a través de los ojos de quien ha creado el montaje. Precisamente el bosque ha sido renovado y arreglado en fechas muy recientes. El propio Ibarrola, ayudado por un grupo de alumnos de Bellas Artes, se ocupó de ir restaurando y añadiendo algunos elementos nuevos al conjunto artístico. El agua de las lluvias, el paso del tiempo, el propio crecimiento de los pinos y la colaboración no solicitada de algún que otro "espontáneo" habían llegado a desvirtuar la idea primitiva y la puesta a punto resultaba necesaria. Por ello, el viajero que suba hoy hasta el pequeño bosque de Oma encontrará un espacio artístico renovado y misterioso, en el que el universo de Ibarrola, su particular sentido espacial y su interpretación del movimiento de planos, se van superponiendo e integrando a la estructura natural del pinar. Para quienes prefieran la naturaleza, el recorrido hasta Oma merece la pena, ya que en el itinerario se contempla un paisaje peculiar y clásico, con caseríos, molinos, ermitas, bosques de encinas y prados umbríos. La visita se puede hacer a pie, por camino acondicionado, dejando previamente el vehículo en el amplio aparcamiento ubicado junto a la ermita de Santimamiñe y al borde del caserío-restaurante allí existente. Frente a este lugar comienza la subida que desemboca, con una correcta señalización, en el citado bosque. También el cercano valle de Basondo ofrece unas características paisajísticas muy similares. La oferta gastronómica de toda la zona es notable y puede constituir un remate digno de esta ruta, especialmente las alubias de Gernika, verduras, carnes y excelentes platos de pescado de la costa cercana. El retorno puede realizarse por la ruta de Mungia e incluir una breve
visita a esta población, que se coloca hoy entre lo rural y lo industrial.
A pesar de su aspecto renovado y moderno, quedan en Mungia construcciones
de notable interés, como la torre gótica de Billela, en la
salida hacia Bilbao, edificio castrense dedicado ahora a fines de equipamiento
cultural, biblioteca, etc. Muy cerca de ella, atravesando un puentecillo,
se llega a un precioso jardín con árboles centenarios, justo
donde el río forma una curva abierta. Se han aprovechado las campas
de la ribera para el esparcimiento y el ocio. Aunque la mejor época
para un disfrute completo de este lugar sea el verano, el otoño
le da también su toque interesante. Sin alejarse demasiado, se puede
rematar la ruta visitando la Iglesia de San Pedro, de portada isabelina.
Una ruta suave, para despedir el otoño y adentrarnos en un invierno
que promete ser mas duro que el anterior.
JORGE SOBRADO
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